Los humanos tenemos muchos comportamientos extraños. Ser solidarios está de moda y hay medios de comunicación que hasta les dedican campañas a los grandes problemas de la humanidad. Es posible que ese tipo de campañas lo único que pretendan es lavar cierta imagen frívola o conseguir una audiencia más complacida con lo que ven a diario. De tal manera que estas campañas contribuyen a generar una cierta sensación de que solo las grandes corporaciones y campañas sirven para salvar vidas o mostrar la solidaridad.
Los falsos solidarios han existido siempre. Pocos se atreven a ejercer su solidaridad con la mano derecha sin que lo sepa la izquierda. Y es que para muchos de estos nuevos solidarios la acción social se parece más a una coartada para mantener a raya su conciencia que a un impulso altruista y desinteresado. Así, si ser solidario está de moda, lo mejor es hacerlo en alguna marca de prestigio, que nos permita sentirnos integrantes de un ente que goza de fama y reconocimiento: nada de apúntate a Médicos sin Fronteras; nada de ser limpios en nuestras salidas al campo, o cuidar el medio ambiente; en vez de eso para no ver la mugre que nos rodea, nos hacemos socios de cualquier ONG que se dedique a proyectos de desarrollo en el Tercer Mundo.
Por eso quien no es capaz de ver que donde vive la gente se sigue pudriendo de hambre o de sida es que tiene sellada su conciencia. Resultan extrañas las campañas de muchas empresas, que dicen que dan un porcentaje de tu compra para ayuda a proyectos solidarios o que cada vez que utilices su tarjeta o bebas su refresco un niño será vacunado de la malaria o del sarampión. Es como si me hicieran chantaje. Y es que la falsa acción es casi siempre la más espectacular y más fácil de calzar, la que te convierte en héroe y te saca del anonimato, la que lava y limpia conciencias, la que hace sonar las monedas en la mano antes de echarlas en la cesta para que todos escuchen el sonido de su compasivo corazón.
Por tanto
Esa falsa solidaridad antes que dar al otro, muchas veces es dar para si mismo para el ego y no para la sociedad. Vivimos en una sociedad de las apariencias. Contados son los que se atreven a reconocer en voz alta lo que hay tras el telón. Porque en esta especie de guerra de la información en la que la forma aparente es la mejor arma, el hecho de tener criterio personal se considera una amenaza... “Me da mucha pena ver cómo la inmensa mayoría de las personas tragan con esos fantasmas de "solidaridad", "éxito", "arte", y en definitiva vida programada que se pregona sin preguntarse siquiera qué son en realidad.’’
No a la falsa solidaridad!
